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Hugo Chávez contra la libertad de expresión

Por Manuel Malaver

Un error que se oye a menudo entre los periodistas extranjeros que opinan sobre el conflicto entre los medios y el Gobierno venezolano, es que el mismo podría resolverse, o al menos bajar de tono, si los comunicadores fueran más “equilibrados, objetivos, e imparciales” con las tendencias y propósitos del régimen de Hugo Chávez.

Como si fuera posible ser “equilibrado, objetivo e imparcial” frente a un gobierno que cuando aún no cumplía un año, ya había cortado de raíz las instituciones democráticas, puesto fin a la independencia de los poderes y profundizado el proceso que concluiría con el establecimiento de la primera autocracia venezolana y latinoamericana del siglo XXI.

Y todo en medio de una avalancha de agresiones físicas y verbales y de una siembra persistente del odio y la división, perpetradas, es cierto, sin en el concurso de los cuerpos de seguridad de Estado, pero sí por bandas de civiles armados hasta los dientes y afectos a los partidos oficiales que no tienen empacho en rubricar que lo hacen ejecutando órdenes “de arriba”.

Así como tampoco puede decirse que el Gobierno haya cerrado medios, detenido, torturado o asesinado periodistas, si bien están muy frescas en la memoria de quien haya seguido los sucesos que desde hace 5 años conmueven a Venezuela, las incontables veces que periódicos, televisoras y emisoras fueron sitiados, asaltados y desprovistos de sus equipos de trabajo.

No hablemos de la cruzada antimediática emprendida por Chávez y funcionarios gubernamentales de todas las clases y pelajes, y donde la libertad de expresión, así como los hombres y mujeres que la hacen posible, son objeto de los peores insultos, y de amenazas e intimidaciones que ni siquiera se le oyeron a Stalin, Hitler, Mao, Musolini, Franco, Perón, Pinochet, Jomeini, Videla, Fujimori y Fidel Castro.

Ha sido, sin duda, una guerra interminable, sin tregua, armisticio, ni regularización, donde no se han salvado medios, ni periodistas extranjeros y cuyo último y más eficiente ejemplo es el Chávez que el domingo pasado le declaró “la guerra” a la cadena internacional de noticias CNN .

Y por nada diferente a una nota de color en que una periodista llamaba la atención sobre una vaca que, como todos los caraqueños pudieron ver en los últimos meses, pastaba sin apremios en un solar de uno de los centros de la capital.

Y como CNN, otrosmedios internacionales han conocido y sufrido otros atropellos y todos referidos a la incapacidad del régimen para soportar cualquier cobertura que no se adscriba al principio de “a la mayor gloria de Chávez”.

Y aquí tocamos la que sin duda es la esencia o núcleo de la política comunicacional del régimen, y es que la misma no es que reacciona contra medios y periodistas porque no son “equilibrados, objetivos e imparciales”, sino porque no dicen o difunden lo que agrada al oficialismo.

Para probarlo, la línea informativa de los canales, emisoras e impresos del Estado, absolutamente volcados a una cobertura “subjetiva, parcializada, partidista y de mala fe” y sin nada que ver con los principios cuya práctica se le reclama de manera intimidatoria a los medios privados y democráticos.

En otras palabras, que lo que pretende Chávez no es que los medios privados e independientes guarden distancia frente a él y la oposición, sino que ignoren a la oposición y sigan a los medios oficiales en la que sin duda es una línea editorial excluyente e intolerante como la que se practica en Cuba.

Y si no que desaparezcan, ya sea estrangulados por las agresiones de las bandas armadas de civiles que les impide funcionar, la aplicación de políticas impositivas que buscan ahogarlos económicamente o con expedientes como Cadivi que simplemente les niega los dólares para que se doten de equipos y papel.

Están también los recursos legislativos, como la llamada Ley Mordaza que será aprobada en los próximos meses y como consecuencia de la sanción de la Ley del TSJ, dando origen a la incautación física de la libertad de expresión en Venezuela, así como secuestraron el CNE, la Sala Electoral, el TSJ, la Fiscalía, la Defensoría del Pueblo y todas las instituciones que pudieron evitar que Venezuela se convirtiera en pasto de fanáticos, fundamentalistas y dictadores.



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