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Hugo Chávez y el miedo

Por Carlos Alberto Montaner

12.12.04 | Hugo Chávez ha comenzado a matar y reprimir selectivamente. Hasta ahora los asesinatos –y suman un centenar– habían sido aleatorios. Se disparaba a la multitud desde un puente y caían bajo las balas veinte caraqueños desarmados. No había nada personal. El objetivo era matar a cualquiera. O unos pistoleros tiraban contra unos pacíficos manifestantes en una plaza y moría la señora Maritza Ron, que había viajado a Venezuela para votar contra Chávez. La mataban porque estaba allí, en el lugar inadecuado a la hora equivocada. Nada personal. Podía haber sido un niño, un ciego o un taxista. Cualquiera.

Eso ha cambiado. En los últimos días tres personas han sido asesinadas en sospechosos enfrentamientos con la policía. Aparentemente, los agentes buscaban a los responsables de la muerte del fiscal Danilo Anderson, volado por medio de una bomba colocada en su automóvil. ¿Averiguarán quien fue el autor? Puede ser. Una de las personas clave en la investigación de la explosión, el señor Alberto Carías, Subsecretario de Seguridad Ciudadana del gobierno chavista, es un verdadero experto en el tema. En época de la democracia colocó su primera bomba en una iglesia. Después fue arrestado por la policía en dieciséis oportunidades, según él mismo confesara a la prensa muy divertido.

A esos hechos de sangre hay que agregar el acoso judicial a la oposición. Chávez les echa los fiscales y jueces a sus adversarios como quien azuza a los mastines en una cacería. Al alcalde del Municipio de Baruta, Henrique Capriles Radonski, lo mantiene permanentemente ante los tribunales. Algunos de los jueces nombrados por el chavismo se han adiestrado previamente en el banquillo de los acusados. La relación más intensa del Juez 34 de Control Mikael J. Moreno con la ley ha sido defenderse de los dos homicidios con arma de fuego que le imputaron cuando era miembro de la policía.

Fue precisamente este tremendo juez de esa tremenda corte quien dio la orden de allanamiento para que un nutrido destacamento de policías armados entrara inútilmente en busca de armas y explosivos en la Escuela Hebraica de Caracas en el momento en que mil quinientos niños inocentes recibían instrucción. También, cómo no, era el momento exacto en que Chávez, primero, visitaba a los “hermanos” de Irán, y luego se desplazaba a Libia a recibir el prestigioso premio a los Derechos Humanos que anualmente otorga ese seráfico representante del mundo islámico llamado Gadaffi.

Era como si Chávez quisiera subrayar su permanente compromiso con el antisemitismo, patente desde su famosa carta de solidaridad a Carlos Ilich Ramírez, el Chacal preso en París por toda una vida dedicada al crimen motivado por el odio a Israel. Era como para recordar la siempre enérgica influencia que ha tenido sobre el teniente coronel el fascista argentino Enrique Ceresole –muerto recientemente–, teórico de la dictadura de corte libio como solución para los males de América Latina.

¿Por qué Chávez ha cambiado de táctica y enseña los dientes y muerde ahora con mucha más ferocidad? Porque necesita intimidar a sus adversarios. Tiene que asustarlos. Tiene que paralizarlos de miedo para que obedezcan. Ya nadie puede sentirse seguro en Venezuela. En los cinco años que lleva en la presidencia, Chávez se ha apoderado de los tribunales, del parlamento, de las fuerzas armadas y de casi todos los gobiernos regionales. Todavía le faltan los medios de comunicación y los sindicatos, pero todo se andará. Mas para llegar a ese fin, primero tiene que atemorizar a los venezolanos. No hay dictadura sin obediencia y no hay obediencia ilegítima sin miedo. ¿Logrará su propósito? Es muy posible. Todo depende de cuánto daño esté dispuesto a infligirles a los venezolanos. Parece que no tiene límites.

En realidad, algo debería hacer la comunidad internacional para frenar la escalada de violencia y violaciones de la ley desatada por Chávez en Venezuela. Al fin y al cabo, este espasmo represivo es la consecuencia directa de una imperdonable injusticia internacional: la irresponsable legitimación de las fraudulentas elecciones del 16 de agosto por cuenta del ex presidente Jimmy Carter y del Secretario General de la OEA, César Gaviria. Al convalidar esa monstruosa estafa, el Centro Carter y la OEA desmoralizaron y desarbolaron a la oposición colocando todos los resortes del país en manos de Chávez. Luego se lavaron las manos y se fueron. Pero lo más grave no es siquiera eso: lo peor es que ese Chávez ensoberbecido y dispuesto a matar hará metástasis por toda América Latina. Lo veremos.



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