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Hugo Chávez, peón del capitalismo chino

por Manuel Malaver | Webarticulista.net

07.03.05 | Cualquiera que oye a Chávez, Rangel e Izarrita deshacerse en elogios del milagro económico chino, alabar la alianza estratégica venezolano-china y anunciar que el gigante asiático desplazará a Estados Unidos en un futuro próximo como origen y destino de las importaciones y exportaciones nacionales, pensaría que se están refiriendo a la China de la revolución cultural proletaria, a aquella furia que desafiaba a las potencias imperialistas, capitalistas y revisionistas y no dudaba en proclamar que arrastraría a la humanidad al holocausto de una guerra termonuclear si se hacía necesario para que la estrella roja de la revolución comunista alumbrara los corazones de todo el mundo.

Pero no, debe tratarse de otra y nueva China, porque la vieja, la socialista y comunista hace ya una veintena de años que desapareció y a la que deben referirse Chávez, Rangel e Izarrita es, sin duda, a la China capitalista, ultraneoliberal y salvaje que propulsa un crecimiento económico que la colocan en la lista de las 7 naciones más industrializadas y amenaza con desplazar en cosa de 2 décadas al Japón y la UE como la segunda economía del planeta.

Con un sistema económico abierto y competitivo donde ni inversiones extranjeras, ni adquisición de empresas estatales chinas por el capital foráneo conocen trabas y la vida social en todos y cada uno de sus aspectos es como un turbión en que los últimos standards y modas de la civilización occidental europea y americana se mezclan con un paisaje ancestral y milenario que por lo menos visualmente tiende a desaparecer.

Sustituido por los milagros de una tecnología de punta que asalta desigualdades y promueve el bienestar que congelaron décadas de utopismo ingenuo, reductor y sangriento y convierte calles, campos y ciudades en una suerte de laboratorio de ciencia ficción donde los imposibles desaparecen para ser realidades rutinarias y al alcance de todos los días.

Ya un observador nada tonto y dispuesto a tomar los datos inmediatos del entorno como son, y no como uno quiera que sean -y por eso es el jefe de Estado más longevo del siglo XX y será quizá del XXI - Fidel Castro, se fijó en el fenómeno durante una visita a China en febrero del 2003, no teniendo empacho en admitir: “No puedo estar realmente seguro de que clase de China estoy visitando. La primera vez que visité China, el país parecía de una manera, y ahora, que la vuelvo a visitar, parece de otra”.

Un viajero más reciente, el periodista argentino, Andrés Oppenheimer, de “The Miami Herald”, luce más abrumado y nos deja en un artículo publicado hace 3 semanas estas visiones:

“Camino al hotel, ví más grúas de construcción de rascacielos que en ninguna parte del mundo. En este momento hay 5 mil grúas en la construcción de edificios altos en China. En el centro de la ciudad, al pie de los rascacielos, hay tiendas de automóviles Rolls Royce, Maserati, Lamborghini, Mercedes Benz, BMW y Audi, al lado de negocios de Armani y Louis Vuitton…Le pedí al conductor que se detuviera frente algunas de las tiendas de empresas automotrices, convencido de que eran empresas de representación para venderle motores de aviones y tractores al gobierno chino. Pero no: le venden carros de lujo a los millonarios chinos”.

Eso sí, una China políticamente en el puño de una élite de burócratas helados y sombríos, del mismo origen de aquellos que secundaron a Mao, Chou En Lai, Lim Piao y Deng Siao Ping, que continúa sin admitir que el desarrollo capitalista es también sinónimo de libertades individuales, estado de derecho y respeto a los derechos humanos, pero que por lo menos tiene el mérito de haber comprendido cuál era la vía para sacar a China del atraso, y correr el riesgo de que a la vuelta de pocos años el auge de las clases medías chinas que ya alcanzan el 20 por ciento de la población, sea también auge político y democrático.

Y es aquí donde los analistas se preguntan si no es esa China políticamente cerrada, represiva e intolerante con cualquier otra ideología que no sean las antiguallas marxistas leninistas y devota de ritos y etnicidades en ningún sentido diferentes de las que promovieron y estimularon el sueño del gigante, la que admiran, adoran y hace perder la cabeza al trío Chávez, Rangel e Izarrita, la China a la que han decidido sacrificar las riquezas, los mercados y las oportunidades venezolanas.

O lo que es lo mismo: que Chávez también puede resultar victimado por el espejismo que también arruinó a Fidel Castro, quien durante décadas hizo de la Unión Soviética el aliado estratégico fundamental de Cuba y convirtió casi en el único origen y destino de sus importaciones y exportaciones cubanas, para luego despertar un día con la noticia de que los rusos habían decidido integrase al sistema capitalista.

Porque, ¡olvídense!, más temprano que tarde, y sin duda que en esta misma década, el liderazgo chino no va resistir más la presión de las clases medias y trabajadoras en ascenso, de una juventud que accede a las cimas más sofisticadas de la práctica social y el conocimiento, y la China económicamente abierta y políticamente cerrada emergerá con todas las credenciales para jugar el rol democrático que tan responsable y exitosamente ha asumido.

O sea, como otra potencia capitalista y democrática, del mismo rango que Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, y quizá Rusia, India y México, integrada plenamente al ejercicio de los derechos humanos de tercera y cuarta generación y empeñada en que su experiencia de un país que se perdió tras las utopías, pero pudo rápidamente recuperar el camino, sea compartida por todos.

Y rodeada de un sartal de colonias ideológicas, económicas y políticas sumidas en la miseria, las injusticias y las desigualdades y que aun creen que la China de Mao está en auge y expansión y apuestan que el país de de Hu Jintao es el fantasma del “Pequeño Libro Rojo” y el folleto “Cómo ser un buen comunista” con que Liu Shao Chi dio su aporte para la creación del hombre nuevo.

Colonias del peor colonialismo que es el del pasado mental, la ignorancia, el odio, la confusión y el despiste, de la sensación insana pero gratificante de mantenerse prisioneros, encerrados en una realidad imposible pero necesaria, porque es la que alimenta los discursos rocambolescos, los escenarios lamentables, los desplantes operáticos, las declaraciones rimbombantes y los sueños de que algún día la humanidad optará por la pesadilla del poder omnímodo, de la verdad única y del criterio de que solo el que decide asaltar a los transeúntes merece transitar por la vía.

Hace casi un siglo, Franz Kafka, escritor judío nacido en la hoy capital de la República Checa, la inolvidable Praga, escribió un cuento, “La construcción de la muralla china”, tan alegórico como espectral y donde se habla de una China tan grande, superpoblada y desmesurada que las órdenes y noticias surgidas del reino, del propio centro del poder, tardaban años y hasta siglos en conocerse.

De modo que una noticia sobre la caída de una dinastía, o la muerte de un emperador, podía llegar a las confines del imperio, pero solo cuando quienes caían o morían habían sido sucedido por gobernantes y emperadores de otras generaciones.

¿Puede negarse que esta es la misma situación de los nuevos súbditos del emperador y el reino chinos, de los Chávez, Rangel e Izarrita; de los Evo Morales, Heinz Dieterich e Ignacio Ramonet, que juegan a que China sigue siendo la China de Mao y que en su territorio la palabra “comunismo” es tan estimada como él que se atreve a pronunciarla?

¿Puede negarse que entrado el siglo XXI ha surgido un nuevo colonialismo, el de los colonizados del pasado, especímenes que de pura arrechera contra la democracia y la libertad decidieron vivir en las cavernas de un mundo desvencijado y extinto y que por lo que merece recordarse es por los horrores que promovió?

Por supuesto que no y lo saben mejor que nadie los capitalistas chinos que sin duda alguna están capitalizando su pasado, pero para hacer más rentable su presente.

Es que chino capitalista y pendejo no hay.



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