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Blair y Chávez se equivocan

Por Aníbal Romero | El Nacional

13.07.05 | No es grato colocar en un mismo plano a dos figuras de tan distinta valía como Tony Blair y Hugo Chávez. Me temo, no obstante, que ambos se equivocan al afirmar que las causas del terrorismo islámico son la pobreza y las injusticias del mundo. No es cierto que el terrorismo islámico se deba a la pobreza, ni a la guerra de Irak, a la existencia del Estado de Israel. Estos factores están presentes en la compleja ecuación del conflicto, pero no son esenciales a la misma. Lo clave es la crisis de la civilización islámica, acosada por la dinámica indetenible de la globalización, con graves dificultades para adaptarse a los cambios de nuestros tiempos. Esta crisis ha generado corrientes extremistas a las que no les inquietan el hambre en África, la marginalidad en Egipto, las epidemias en Indonesia o los niños de la calle en Caracas. Son corrientes fanatizadas que no buscan enmendar injusticia alguna, sino golpear al Occidente capitalista, liberal y democrático a como dé lugar, y si ello les fuese factible destruirlo por completo.

Su visión de las cosas es delirante, pero real.

Sun Tzu nos recomienda: Conoce al enemigo y conócete ti mismo, y podrás triunfar en mil batallas”. Son pocos los que dan un vistazo a los sitios de Internet de los fundamentalistas islámicos, leen sus textos o siguen los pronunciamientos de sus voceros, que siempre exponen lo mismo. El problema es que nosotros en Occidente rehusamos creerles, pues vivimos en una civilización adormecida que defiende principios irrenunciables como la tolerancia religiosa y el respeto a la diversidad. El mensaje de los extremistas islámicos es inequívoco, pero aunque se cansan de repetirlo los líderes occidentales prefieren mirar a otro lado, y nadie les sacará de su complacencia hasta que los hechos — seguramente cada vez más horribles— les obliguen a ello.

El mensaje tiene dos partes: primero, la guerra que el radicalismo islámico lleva a cabo es una guerra religiosa. Esto choca con los esquemas mentales del Occidente capitalista, liberal y democrático, donde las guerras de religión se consideran fenómenos superados de un pasado sombrío. Sin embargo, eso es lo que está en juego.

Los fundamentalistas consideran infieles a los que no piensan como ellos, y su verdadero propósito es someter y eliminar a los que no se conviertan a su fe.

En segundo lugar los extremistas islámicos distinguen entre fines estratégicos y acciones tácticas, y en ello sí actúan racionalmente. Su estrategia persigue dividir a Occidente, liquidar a Israel, derribar los regímenes moderados del mundo árabe, apoderarse del petróleo y establecer un nuevo Califato, capaz de enfrentarse en una guerra decisiva a Estados Unidos, el “gran Satán” de su febril imaginación. Sus tácticas se basan en las debilidades psicológicas del enemigo, es decir, las nuestras.

Los fundamentalistas islámicos nos conocen, y por eso apuntan hacia los corazones y las mentes de los electorados occidentales, cómodos, pacifistas, apaciguadores, incapaces de entender a un enemigo fanatizado que no pide ni da cuartel, y que quiere hacer lo que dice que quiere hacer, es decir, destruirnos.

Su verdadero blanco no son las tropas norteamericanas en Irak, a las que nunca podrán derrotar, sino los blandos corazones de los periodistas de The New York Times, la BBC y CNN, entre otros, todos los cuales, a raíz de los recientes atentados en Londres, discutían sobre el tema como si los terroristas fuesen personas con las que es posible negociar, a las que podríamos sentar en una mesa para analizar demandas sobriamente formuladas y debatibles. Estos ingenuos y despistados hacedores de opinión jamás entenderán al enemigo porque en el fondo no quieren entenderlo.

Pero los ataques continuarán y serán cada vez más sangrientos, hasta que la visión apocalíptica del uso de armas de destrucción masiva contra Occidente (¿una bomba nuclear “sucia” en Nueva York, por ejemplo?), suscite de parte de los hasta entonces acomodaticios y timoratos electorados occidentales la demanda de una respuesta devastadora, ciega, y masiva. Para evitar esto, la civilización islámica requiere urgentemente reflexionar sobre sí misma, hallar el coraje para cambiar y enfrentar las corrientes radicales en su seno, y doblegarlas antes de que sea tarde. Occidente es espiritualmente gelatinoso, propenso a culpabilizarse, y está asfixiado por el culto a las presuntas víctimas de su éxito, pero no es totalmente estúpido y reaccionará con ferocidad tarde o temprano.

El Islam tiene que impedirlo, venciendo a sus fanáticos.



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