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Venezuela: Mitos sobre la Oposición

Por Alejandro Tarre

18.06.06 | Desde hace algún tiempo se ha popularizado una caricatura que va más o menos así: la oposición venezolana es una suerte de oligarquía saudí que, durante cuarenta años, se perpetró en el poder a través de un sistema democrático excluyente, corrupto e ineficiente cuya hazaña mayor fue sumir en la pobreza a un país con una inmensa riqueza petrolera. Al contrario de lo que claman sus líderes, a esta oposición no le concierne el estado de la democracia en Venezuela, ni mucho menos la pobreza y la desigualdad, sino meramente recuperar sus privilegios históricos y entronificarse otra vez en el poder mediante cualquier medio, sea golpes de Estado o paros laborales que no hacen más que resquebrajar la economía.

El principal promotor de esta caricatura es, por supuesto, el presidente Hugo Chávez, en cuyas frecuentes arengas la oposición “oligárquica,” “elitesca,” “esclava del imperialismo,” ocupa siempre un lugar protagónico. Pero esta caricatura también se infiltra en el discurso de algunos de sus más inteligentes críticos. Ellos, aunque no demonizan ni simplifican hasta el ridículo a la oposición, sí cometen muchas veces el error de verla como una fuerza monolítica o una especie de entidad cerrada, acordonada, que está desprovista de la pluralidad y el carácter proteico que define a cualquier grupo grande de personas. Ese reductor concepto de oposición recuerda al de civilización del controversial bestseller Choque de Civilizaciones, donde Samuel Huntington trata de encerrar en un nítido y conveniente argumento una desordenada y confusa realidad que no se deja amarrar así de fácil.

Michael Shifter, vicepresidente de Diálogo Interamericano, comete este error en un reciente ensayo publicado en la revista estadounidense Foreign Affairs. En este enjundioso ensayo –ferozmente crítico del presidente venezolano– Shifter critica a la oposición por su ineptitud, su falta de estrategia, su falta de programa alternativo y sorpresivamente reitera esa popular idea de que el fallido golpe de Estado de abril de 2002 puso en entredicho las credenciales democráticas de la oposición. Hasta ahí la cosa no está tan mal, pero luego Shifter deja caer la siguiente observación: “La falta de éxito de la oposición es resultado de su pasada falta de voluntad para siquiera reconocer los profundos problemas sociales que Chávez ha identificado –y menos aún para diseñar soluciones a estos problemas.”

Observaciones como ésta abundan en la miriada de artículos, reportajes y ensayos que se publican por doquier sobre el presidente Chávez. Casi siempre pintan a la oposición como elitesca, indiferente hacia los pobres o corrupta, pero también la acusan de ser antidemocrática. He leído decenas de articulos en la prensa anglosajona que, después de hacer críticas agudas al presidente, apuntan (como para dar semblanza de objetividad) que la oposición cometió un “grave error” apoyando el golpe de Estado fallido de 2002 en contra de un presidente legítimo.

Que Venezuela estaba bastante mal antes de Chávez nadie lo duda. En las décadas de los 80 y 90 una sucesión de gobiernos incompetentes llenos de funcionarios corruptos e incompetentes (pero también de muchos honestos e inteligentes) se las ingenió para reducir por la mitad el ingreso per capita, duplicar la pobreza, triplicar el desempleo y acentuar el problema de la desigualdad (con la excepción de Nicaragua, no hay país latinoamericano con peor desempeño económico en los últimos 25 años). Sin embargo, que estos gobiernos tengan algunas cosas en común no significa que todos sus integrantes pueden ser vistos como un bloque homogéneo del cual, durante dos décadas o más, no rezumó una buena intención, acción o política. Ignorar matices, separar al mundo en buenos y malos, puede ser una buena estrategia para triunfar como guionista de telenovelas, pero no para entender la realidad política de un país.

Vale la pena recordar que, de los últimos nueve presidentes que precedieron a Chávez, ninguno, sin excepción, proviene de un familia elitesca o privilegiada a la manera de un Kennedy o un Bush. La “oligarquía” presidencial de esos años está conformada, en su mayoría, por gente de clase media o baja que, como Chávez, se abrieron camino en la política venezolana sin la ayuda de conexiones o fortunas familiares o títulos de prestigiosas universidades europeas o estadounidenses.

En parte por eso estos presidentes, al igual que Chávez, fueron en su época populares entre los pobres y la mayoría incorporó en su campañas electorales el tema de la pobreza, lo cual es lógico –en un país con altos índices de pobreza sólo un político suicida puede darse el lujo de ignorar, ni mucho menos despreciar, a este sector de la población. “Jaime es como tú,” el popular slogan de la campaña electoral de Lusinchi, estaba dirigido a las clases humildes, al igual que lo estaba Aleida Josefina, esa pobrísima niña del barrio Petare que protagonizó la campaña electoral de Herrera Campins.

Esta atención a los pobres no sólo se manifestaba en las campañas electorales, también en los programas sociales asistenciales que fueron implementados durante los gobiernos puntofijistas (en una época en la que no estaba consagrado en la Constitución ese mágnifico incentivo para la creación de estos programas: el derecho a la reelección inmediata). Antes de las misiones de Chávez, ya existían programas como la Beca Alimentaria, Hogares de Cuidado Diario, Vaso de Leche Escolar, Programa Alimentario Materno Infantil y otros. Muchas de las bienintencionadas misiones de Chávez son ampliaciones de programas ya existentes. Es decir: Chávez no inventó la ambición de querer ayudar a los pobres, ni mucho menos identificó, como dice Shifter, el problema de la pobreza. Sí arrimó este tema más al centro del discurso político y sin duda –gracias al ingreso récord petrolero– ha gastado muchísimo más en estos sectores, pero esas diferencias de grado que lo separan de sus antecesores no son nada en comparación a esas grandes similitudes: la incapacidad de acabar con el clientelismo, la corrupción, el crimen, la violencia, crear mecanismos confiables de fiscalización e implementar políticas efectivas de reducción estructural de la pobreza y ensanchamiento de la clase media.

Algo similar ocurre con aquella otra acusación que con frecuencia recae sobre lo opositores de Chávez. No se puede acusar a la oposición de ser golpista o de haber apoyado el golpe del 2002 sin caer en la más balurda de las generalizaciones. Como no, el decreto de Pedro Carmona fue un craso error. También lo fue el deplorable comportamiento de los medios de comunicación privados y de las jaurías enfurecidas que fueron a agredir la embajada de Cuba e intentaron linchar a algunos líderes del gobierno. Es cierto que una minoría radical de ese inmenso grupo de opositores del presidente quería derrocar al gobierno por vía inconstitucional y hasta conspiraron con militares para llevar a cabo este plan. Sin embargo, esto no da licencia para meter a la oposición ni a los líderes opositores en el mismo saco “antidemocrático.”

Hablar de una oposición golpista es echar a un lado los numerosos líderes opositores (muchos de ellos demócratas convencidos) que, pese a que marcharon el 11 y buscaban por esa vía pacífica la renuncia de Chávez, se opusieron al decreto de disolución de poderes de Pedro Carmona y lo consideraron una pifia incluso antes del retorno de Chávez. Ni la dirección nacional de AD, COPEI ni el MAS defendió o suscribió públicamente el decreto de Carmona. ¿Y cuántos líderes prominentes del puntofijismo, además de José Curiel, aparecen entre los cuatrocientos firmantes? ¿Qué porcentaje de los dieciséis o más candidatos presidenciales 2006 participó en el golpe? ¿No condenó Teodoro Petkoff con ágil inmediatez la acción de disolución de poderes? Hasta en el entorno cercano de Carmona surgieron voces de oposición al decreto y algunos de ellos (como Alfredo Ramos, Linares Benzo y Juan Manuel Raffali) se negaron a participar en el naciente e ilegítimo gobierno y lo presionaron para que no disolviera los poderes. Por lo demás, hay que recordar que el presidente Chávez encabezó una intentona golpista contra un gobierno democrático. ¿Un gobierno de un régimen incompetente y excluyente a más no poder? Incompetente, sí. Pero no tan excluyente como muchos lo pintan. Ese régimen “excluyente” dio más espacio a la izquierda radical que la mayoría de los paises vecinos de la región. Ese régimen implementó en 1989 una loable reforma de descentralización que resultó en la elección en 1998 de 10 gobernadores (de 23) de partidos pequeños y contribuyeron al ascenso a la presidencia de un total outsider con un discurso ferozmente antiestablishment. Es cierto que los líderes de AD y COPEI gozaban de un poder desproporcionado sobre sus partidos, pero no tan grande como el que tiene hoy el presidente sobre su coalición. En la pseudo democracia de hoy es bastante probable que Chávez no hubiese podido ascender por la vía electoral como lo hizo en 1998. Una de las grandes victorias de Chávez ha sido inculcar en la mente de muchas personas esta visión de la oposición como fuerza monolítica. Chávez ha logrado que buena parte de los venezolanos vea el futuro como una inevitable dicotomía entre él y sus programas de inclusión y la oposición y sus ambiciones de reestablecer el viejo régimen de exclusión. Su slogan “no volverán” claramente se refiere a los líderes del viejo sistema bipartidista de AD y COPEI e ignora, por dar sólo un ejemplo, que Julio Borges, el candidato que, entre los opositores, lidera todas las encuestas, pertenece a un partido nuevo que no fue parte de ese régimen.

Paradójicamente muchos de los opositores del gobierno a veces suscriben con descuidadas declaraciones esta visión caricaturesca de la oposición, reforzando sin querer la dicotomía promovida por Chávez. Algunos lo hacen con convicción, pero sospecho que otros lo hacen por comodidad lingüística o descuido en el uso del término “oposición.” Por ejemplo, se puede decir que la oposición en Venezuela representa un x porcentaje de la población o que ha carecido de liderazgo sin caer en generalizaciones, pero no que ella está conformada por élites indiferentes y antidemocráticas.

En un excelente ensayo sobre Cervantes y las virtudes de la novela, Kundera dice que el hombre generalmente desea un mundo donde el bien y el mal (los buenos y los malos) sean fáciles de distinguir, pues él tiene una tendencia innata a juzgar antes de entender. Esa incapacidad de lidiar con la ambigüedad, de ver el mundo no como una verdad absoluta sino como un hatajo de verdades contradictorias, está detrás de muchas ideologías y religiones, y es la razón por la cual el lenguaje ambiguo, complejo y rico en matices de las novelas es tan importante. Nada como una buena novela para aprender a no demonizar al “otro” o ayudarnos a comprender las fuerzas que están detrás de su comportamiento o ver cuántas cosas tenemos en común con nuestros enemigos.

Hace unos meses, cuando releí este ensayo, pensé en George W. Bush y su eje del mal (¿cómo no?), pero mientras escribía este artículo asocié, de pronto, la observación de Kundera con Chávez –y caí en cuenta de que en algunos aspectos Chávez se asemeja a Bush. Al igual que el presidente venezolano, Bush a veces caricaturiza a sus opositores, promueve falsas dicotomías y homogeneiza al enemigo. Incluso en su política exterior ambos presidentes se parecen. Chávez se retiró de la Comunidad Andina porque Colombia y Perú –horror de horrores– habían firmado tratados de libre comercio con Estados Unidos. Sólo le faltó decir: “O están conmigo o con el Imperio.” Al mandatario venezolano, como a su homólogo estadounidense, no le gustan (o no le convienen) los matices –ni pareciera alcanzarle el tiempo para leer buenas novelas.

aletarre@hotmail.com



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